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APACHETAS
En las cuestas difíciles de las alturas de los Andes, las culturas Aymara y Quechua construyen Apachetas, montículos de piedras en forma cónica como ofrenda a la Pachamama. Se cree que dejar una piedra protege al viajero que pasa por el lugar.
Cada piedra es un remanente de la historia del planeta, lo que quedó y lo que quedará. Se levantan en majestuosas montañas que son refugio de los secretos de la tierra. Han sido expulsadas, sedimentadas y erosionadas, revelándose como testigos inmóviles del constante movimiento. Tiempo y materia en perpetua corrosión.
Sin embargo existen piedras sin herencia, sin honores, ni linaje. No vinieron del espacio a contarnos sobre otros universos, no se coleccionan ni subastan. Las ignoran científicos y mercaderes. Pese a ello, en su dudosa nobleza, también nos
cuentan historias.
Volcanes en erupción expulsando granizos de cemento y cal con incrustaciones de hierro y madera. Meteoritos esparciendo montículos de polvo estelar provocando constantes agujeros negros urbanos. Una metamorfosis del paisaje lítico que se revela como la vida y memoria de una casa en demolición.
¿Dónde va lo que desaparece?
Los escombros, gemas de una ciudad y sus habitantes son los observadores sigilosos de nuestra historia, de un tiempo que transcurre sin tiempo. De historias que suceden en cámara lenta, de grietas silenciosas, derrumbes solitarios y reconstrucciones sinérgicas. Cada demolición es piedra y memoria.
Restos de concreto, testigos de dichas y amores, muertes y nacimientos, rabias y tristezas. Generaciones de habitantes, observados por muros de ladrillo y cemento. Piedras que son el registro íntimo del pasado y presente de nuestras vidas privadas.
Me gusta pensar que debajo de cada demolición quedarán enterrados nuestros secretos más oscuros y los fantasmas de nuestras pesadillas. Y las penas y rabias se cargaran en cada peñasco de concreto, en cada roca, en cada piedra esperando ser arrojadas como ofrenda en apacibles apachetas urbanas, a la cólera de una calle candente contra infames y opresores. Y transformarán así en grotesca belleza, materia inmovil y fuego, la obstinación de la existencia misma.
En cambio la dicha y los amores, las caricias, los abrazos, los reencuentros. Cada luz, cada alegría brotará de la tierra en cada cimiento de lo que supo ser una casa, en cada terreno baldío de un pasado olvidado, donde el tiempo pasará y germinará en una selva oculta, ignorada, menospreciada. Un paraíso de la memoria que crecerá frente a la indiferencia del caos.
Si una piedra se erige como un oráculo de la existencia sobre la faz de la tierra, los restos de una casa, como testigos, sabrán guardar el secreto de nuestra propia montaña interior.
¿quién habitará los silencios cómplices de una casa en ruinas?